En la cima del asfalto, donde el brillo encandila, se gestó un imperio frío que entre sombras se perfila. Firmaban con la zurda lo que el diestro traicionaba, mientras bajo el escritorio un nuevo plan se cocinaba. Hablaron de justicia, de paz y de hermandad, pero su huella en el mapa solo es pura ferocidad.

Violadores de tratados, de la letra y del honor, sembraron en mil tierras la semilla del temor. Invadieron sin permiso, derrocaron sin piedad, comprando con su plomo la bendita «libertad». Un estado soberano para ellos es un tablero, donde mueven las fichas si hace falta más dinero.

Pisotean al vecino que llegó por la frontera, olvidando que su sangre también hizo esa bandera. Y a su propio ciudadano, al que jura lealtad, le recortan los derechos, le vigilan la verdad. Antes era un susurro, una intriga de pasillo, un golpe de guante blanco o el silenciador del brillo.

Pero el tiempo de lo oculto parece que ya expiró, y el monstruo de la envidia de la cueva ya salió. Lo que hacían en lo oscuro, con discreta ingeniería, hoy lo imponen a la fuerza, a plena luz del día. Sin pudor y sin vergüenza, presumiendo su cinismo, nos empujan de cabeza directo hacia el abismo.

Ya no buscan excusas, ya no inventan el porqué, se sienten tan gigantes que no cuidan ni el pie. Se quitaron el disfraz, la careta se ha quebrado, y el rostro del imperio al fin ha sido revelado. «Fuera máscaras», gritaron, con la bota en la garganta, mientras el resto del mundo, poco a poco, se levanta.

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