Sentado en su banco de siempre, en la esquina,
con la barba crecida y la mirada fina,
el viejo del barrio —le dicen “el Lento”—
tiene más historias que el mismo cemento.
Un cigarro apagado entre sus dedos fríos,
los días le pesan como ladrillos vacíos.
Ya no pide nada, ni pan ni consuelo,
solo mira al cielo, buscando algún duelo.
Hubo un tiempo en que soñó distinto,
con casa, familia y un hijo bendito.
Pero la vida no tuvo piedad,
lo fue desvistiendo de toda verdad.
Ahora murmura con voz casi rota,
le habla a los vientos, a botellas rotas.
Y aunque lo llaman vago, sin alma ni meta,
él carga una pena que nadie interpreta.
No es flojo, ni loco, ni simple escoria,
es un poema triste que olvidó la memoria.




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