El loco del parque, siempre en su esquina,
con la gorra ladeada y mirada felina,
prende otro porro, sopla la bruma,
como si el mundo no le pesara ninguna.

Dicen que es vago, que huele a fracaso,
que solo respira pa’ armar otro paso.
Pero nadie escucha lo que él calla,
ni ve las batallas que trae en la talla.

Fuma pa’ olvidar, pa’ calmar el ruido,
pa’ no recordar quién fue y qué ha perdido.
En cada calada se va un recuerdo,
en cada nube se esconde el infierno.

La calle lo cuida, aunque nadie lo abrace,
el humo es su escudo, su único pase.
Y en su risa rota hay algo sincero:
un alma cansada que aún es callejero.

No es santo, no es diablo, no es simple cliché,
es un hombre sin rumbo… que no quiso caer.

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