Entra sin ruido, sombra en la acera,
la noche lo cubre, su alma está afuera.
No es por malicia, ni por condena,
es que en su mesa no hay cena.
Bolso al descuido, celular brillante,
el instinto manda, el pulso es constante.
Corre con miedo, no con orgullo,
sabe que el riesgo no trae futuro.
Su madre reza, su hermano llora,
él solo piensa: «una noche más y se mejora».
Pero el barrio no da tregua ni opción,
solo calle, plomo y presión.
No nació ladrón, nació olvidado,
sin escuela, sin techo, sin respaldo.
Y aunque su ruta huele a traición,
es la que dicta la desilusión.
¿Quién roba más —el que toma en la esquina
o el traje elegante que firma la ruina?
Ambos quitan, ambos destruyen,
pero solo a uno los focos huyen.



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