En la esquina rota de un barrio olvidado,
donde el sol se esconde tras muros rajados,
vive la esperanza con los pies descalzos,
y el hambre silba entre los autos.
Los niños juegan con sueños prestados,
balones de trapo, futuros callados,
mientras mamá estira el arroz del plato,
como si fuera magia de algún milagro.
El ruido de motos tapa los rezos,
y en cada mirada hay cien universos,
todos marcados por el mismo precio:
vivir sin nada, pero con deseo.
Cartones por cama, cielo por techo,
sueños que llueven sin ningún derecho,
y aun así ríen, y aun así luchan,
como si el alma nunca se escuchara sucia.
Esto no es cuento, ni frase bonita,
es calle, es vida, es la cruda cita
con una verdad que pocos miramos:
la pobreza no es cifra,
es humano.




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