Son ídolos de humo, con cadenas de oro,
hablan de sexo, de drogas, de «yo lo devoro».
Tiran barras vacías como quien tira basura,
y la juventud baila… sin ver la factura.
Cantan pa’ la pista, pero no pa’ la vida,
enseñan que el alma no vale, que es la herida.
Tatuajes, pistolas, cuerpos como vitrinas,
pero sus letras matan más que las minas.
Te dicen “sé real”, mientras venden ficción,
te invitan al vicio, al crimen, al cartón.
Y los pibes escuchan, se empapan el oído,
repiten los coros… sin saber lo que han perdido.
Dónde quedó el arte, el mensaje profundo,
la lírica que cura, que abraza al mundo.
Ahora es “perrea, mami”, “muévelo sin alma”,
mientras el corazón del barrio pierde la calma.
Y no es moralismo, ni soy un santito,
pero si tenés un micro, usalo bonito.
Podés hablar crudo, sí, pero con visión,
no solo escupas lodo por cada canción.
Hay niños cantando lo que no entienden,
soñando ser lo que los consume y vende.
Y esos artistas, con sus premios de cristal,
se lavan las manos, total… “es comercial”.
Pero yo vengo a decirte, hermano, abrí los ojos,
no todo lo que brilla es oro en los antojos.
Buscá voz que te eleve, no que te hunda,
que en la música también se siembra la tumba.




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