Son los reyes sin trono, sin traje ni chequera,
con la gorra sudada y alma callejera.
Montan su puesto al filo del amanecer,
porque el hambre no espera, hay que comer.
Frutas brillando bajo el sol ardiente,
ropa colgada en un gancho valiente,
dulces, cigarros, relojes, licor,
venden futuro con sabor a sudor.
Los ves esquivando la ley y el desprecio,
como si ser honesto fuera un delito en exceso.
Polvo en los tenis, monedas en la mano,
cada billete, un milagro urbano.
“No se daña a nadie”, murmura el pregón,
mientras esquiva un desalojo sin razón.
Pero siguen, firmes, con voz de tambor:
“Esta esquina es mía, aquí late mi honor.”
Son poetas del trueque, guerreros del día,
vendiendo esperanza entre la policía.
Y aunque el sistema los quiera borrar,
ellos resisten, vuelven a empezar.
Así que respétalos, no los mires de lado,
que el que lucha en la calle nunca ha fracasado.
Son héroes sin capa, sin plan de pensión,
pero con el corazón de toda una nación.



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