Las calles respiran en allegro de balas, Caracas, Quito, Río, ciudades que mastican rabia con estómagos de cemento. El sueldo mínimo teje sudores en billetes ajados— monedas que caen como lágrimas en alcancías rotas. ¿Cuántos días caben en un dólar? Preguntan los niños al vender chicles mientras los BMWs escupen humo sobre sus pies descalzos. El patrón firma cheques con sangre de caña, los sindicatos sangran bajo botas policiales, y en las fábricas fantasmas los relojes marcan horas muertas. Aquí el hambre es un mapa sin fronteras: en La Boca, en La Vega, en las villas, los huesos escriben canciones de protesta entre ollas vacías y sueños oxidados. Pero en los barrios late un tambor clandestino, cumbia de resistencia en las venas, abuelas que cocinan revoluciones en fogones, estudiantes que grafitan versos en los muros: «Ni un peso más para los buitres del sur». El salario mínimo es un disparo al aire, pero la plaza hierve de manos levantadas— semillas que rompen el asfalto para nombrar futuro. Porque Latinoamérica no se vende, se siembra.
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