Latinoamérica, barrio grande,
donde el sol quema más que el salario,
y el mes no alcanza pa’ los tragos,
pero sobra pa’ los impuestos.
Aquí el jornal es una broma pesada,
un billete con olor a sudor y derrota—
lo que ganas en un día
el político lo gasta en un whisky.
Checkea el recibo:
«Horas extras: sueños rotos,
Descuentos: la luz, el agua, el alma.»
La patrona sonríe en su Jaguar,
mientras tú comes arroz con mirada.
En Buenos Aires, en Lima, en Bogotá,
la misma mierda con distinto acento:
el sueldo mínimo es una condena,
cadena perpetua en economía de guerra.
Los números no cuadran,
como balas en un ajuste de cuentas—
el alquiler sube,
la comida sube,
hasta el cielo se vende,
pero tu cheque sigue en coma.
Y mientras,
los bancos engordan con tu hambre,
los políticos firman decretos con tu sangre,
y en las noticias dicen:
«¡La economía crece!»
Pero tu plato sigue vacío.
Latinoamérica,
donde el pobre nace endeudado,
el trabajador muere olvidado,
y el sueño de progreso
es un chiste contado por los ricos.
Pero en la esquina,
entre el humo y el concreto,
alguien grita:
«¡Ya basta!»
Y el pueblo, lento pero seguro,
empieza a apretar los puños.




Deja un comentario