En el barrio suena el eco de un grito,
de un pana perdido en su propio laberinto.
Empezó con un porro pa’ “calmar la mente”,
y terminó siendo esclavo, sin rumbo, sin gente.

El polvo en la mesa, promesa de escape,
pero el alma se rompe, no hay forma que tape.
Te jala, te envuelve, te dice: «soy paz»,
y cuando despiertas, te arrastra al compás.

Pastillas que hablan, jeringas que besan,
pero el cuerpo se cansa y los sueños regresan.
Prometió “solo hoy”, como en cada ocasión,
pero el vicio no olvida… y cobra con presión.

Mamá ya no duerme, sufre en silencio,
viendo al hijo perdido en su propio desierto.
Y el barrio murmura, “era bueno el chaval”,
pero el mono lo agarra y no suelta jamás.

No es lujo ni calle, ni fama ni drama,
es una prisión sin rejas ni alarma.
Te roba la vida, te cambia la piel,
te hace creer que estás bien… pero estás en el cien.

Si estás ahí, bro, escucha este canto,
aún hay salida, aunque cueste el llanto.
Pide una mano, rompe esa cadena,
que vivir de verdad… vale más que la pena.

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