En la era del clic y del scroll infinito,
vivimos pegados al brillo bendito.
Pantallas nos miran, ¿quién mira de vuelta?
La vida en HD, pero el alma, desierta.

Chateo con bots que me dicen “¿qué tal?”
mientras ignoro a mi bro en la esquina del bar.
Un selfie, un like, dos filtros y listo,
¿pero quién soy yo cuando no hay post bonito?

TikTok dictando el ritmo del día,
la moda, la risa, la pseudo-alegría.
Niños que aprenden de memes virales,
perdiendo el arte de hablar con reales.

En calles calladas suena el WhatsApp,
el corazón vibra, pero ¿con quién está?
Con mil seguidores que nunca te vieron,
amigos virtuales que ya se perdieron.

Tecnología: bendición y castigo,
te acerca al que lejos, aleja al que está contigo.
No es que sea mala, el problema es el uso,
vivimos conectados… pero en un mundo difuso.

Así que despierta, levanta la vista,
que el alma no brilla tras una revista.
Conéctate en serio, sin red ni señal,
y vuelve a sentir lo que es lo real.

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