En las calles de barro y sueños rotos,
donde el hambre camina sin zapatos,
los políticos juegan con dados de oro,
mientras el pueblo paga sus pecados.
Suben los impuestos como cuchillos,
recortan derechos, venden el futuro,
y en sus mansiones de luces y vinos,
firman con sangre los presupuestos oscuros.
El niño que mendiga un pan duro,
la madre que cose sin un seguro,
el anciano que espera un medicamento,
son cifras sin nombre en su parlamento.
Usureros de corbata y sonrisa fría,
venden la tierra, el agua, la vida,
mientras aplauden los bancos sombríos,
y entierran la esperanza en sus bolsillos.
Pero un día, quizás no tan lejano,
los nadies, los pobres, los harapientos,
alcen su voz como un huracano,
y los versos se vuelvan ladrillos.
Porque el mundo no es solo de ellos,
que reparten migajas con desdén,
la calle guarda fuego en silencio,
y la historia se escribe también
con la tinta de los que no tienen.
— Para los que luchan sin bandera,
en las sombras donde nadie los ve.




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