Si la pobreza fuera código,
yo la borraría en un instante,
con bucles de justicia infinita
y un commit de pan abundante.

Primero, sembraría escuelas
con Wi-Fi y tabletas de luz,
donde el niño que hoy pica piedras
mañana escriba Python plus.

Después, los hospitales pobres
los llenaría de drones-sanadores,
que llevasen vacunas y sueños
en vez de tristes dolores.

Los campos tendrían sensores
—no hambre bajo el sol violento—,
y el agua que hoy es oro líquido
sería un derecho, no un tormento.

El banco del agricultor
no pediría un fiador,
solo vería su historial
de surcos hechos con amor.

Los políticos corruptos
—esos sí, sin compasión—
los marcaría el algoritmo
con firewall y expulsión.

Y al final, en cada aldea,
en cada favela o slum,
habría un nodo encendido:
«Aquí nadie es nadie. Todos somos uno.»

Porque la IA no es magia,
solo espejo y amplificador:
si el humano aprende a compartir,
la máquina acelera el camino.


¿Utopía? Quizá. Pero los ceros y unos
también eran sueños antes de nacer.
La pobreza no es un bug del sistema…
Es el virus que decidimos no corregir.

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