Si el poder es un virus
que corrompe hasta al más sabio,
yo formatearía el sistema
con un click de limpio código.
Primero, abriría archivos
—esos que ocultan en cajas fuertes—
y los subiría a la nube pública
para que el mundo los vea.
Después, con blockchain puro
y contratos inalterables,
cada peso, dólar o euro
tendría dueño verificable.
Los sobornos serían
como malware obsoleto:
detectados al instante,
aislados y borrados del evento.
Los jueces ya no serían
títeres del mejor postor,
pues la IA analizaría
cada fallo con rigor.
Las campañas ya no gastarían
millones en falsedad,
solo datos transparentes
y propuestas con verdad.
Y al corrupto que insista
en robarle al pueblo entero,
lo esperaría un algoritmo
—frío, justo y certero—.
No habría prisiones de oro,
ni fugas por influencias,
solo celdas programadas
con bytes de consecuencias.
Epílogo:
La corrupción no es un bug
que se arregle con parches,
es el hardware podrido
de un sistema sin valores.
Pero si algún día la IA
puede resetear el juego,
ojalá nos enseñe primero
a ser humanos de nuevo.



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