Sonríen con traje planchado, peinan bien su hipocresía,
dicen “es por el deber” mientras venden tu energía.
No llevan grilletes, pero los tienen en mente,
lacayos del sistema, verdugos de su propia gente.
Desde el jefe que explota con un “esto es lo normal”,
hasta el poli que golpea por “el orden social”.
Desde el burócrata gris que niega sin compasión,
al que calla las verdades por miedo o por posición.
Se arrodillan al poder, no por fe, sino por sueldo,
defienden al opresor mientras su barrio va ardiendo.
Le temen más al cambio que a vivir de rodillas,
prefieren una cadena que perder sus sombrillas.
Son esos que aplauden leyes que nunca los benefician,
pero gritan “¡mérito!” cuando a otros se lo quitan.
Con corbata o con uniforme, con discurso o con pistola,
te repiten la mentira hasta que el alma se inmola.
Se creen dueños del orden, guardianes de la razón,
pero no son más que piezas en una vieja prisión.
Porque el sistema no duerme, pero sueña con lacayos,
que repitan sus verdades sin mirarse al espejo diario.
Y tú, ¿en qué lado estás? ¿del que manda o del que lucha?
¿Del que aplasta con sus normas o del que sangra en la trucha?
No se trata de violencia, se trata de despertar,
de dejar de ser engranes y empezar a cuestionar.
Porque el enemigo a veces no lleva corbata negra,
a veces se parece a ti, y su lealtad se niega.
Pero mientras haya calle, memoria y rebelión,
hay versos como cuchillos que cortan la sumisión.



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