Aquí los sueños vienen con terms & conditions,
con muros de Twitter y promesas en default,
donde el American Dream es un NFT
—te lo venden pero nunca lo tendrás.
El jefe dice «Jobs are back!»
pero el cheque llega recortado
como los budgets de las escuelas,
como los derechos de los que sudan
bajo el sol de los campos
mientras ICE patrulla
como perros con sed de green cards.
En las esquinas,
las bocinas gritan «Make America Great»
pero los hospitales huelen a muerte
y las balas en las aulas
ya son parte del curriculum.
«Law and Order» suena bonito
hasta que ves rodar a Floyd,
hasta que los Proud Boys
desfilan con sus antorchas
y el Capitolio arde
entre selfies y banderas confederadas.
Epstein’s island cerró,
pero los jets siguen volando,
los poderosos siguen riendo
entre cócteles y NDA’s.
La justicia es un meme,
un trending topic
que se borra al día siguiente.
Y Trump?
Aún vende camisetas y mentiras,
juega golf sobre tumbas de soldados,
mientras su corte suprema
—esos fanáticos con toga—
desmantelan derechos
como si fueran piezas de Lego.
Esta es la América de hoy:
un reality show sin final feliz,
un país que se desangra en TikTok
mientras los ricos firman cheques
con la misma mano
que aprieta el gatillo.
Dicen que el sueño americano
sólo era una ilusión óptica—
un espejismo de hamburguesas y gasolina barata
mientras el mundo arde
y nosotros seguimos pegados
al maldito teléfono
scroll, scroll, scroll…



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