En la capital del poder, donde el mármol sueña con grietas,
las leyes sangran en el Capitolio.
Antiguos títulos, dorados y pesados,
hoy son papeles que el viento revolvió en el asfalto.

La Justicia, con los ojos vendados por billetes,
tiembla en su pedestal de mentira fabricado.
Cada artículo es un hueso en el congreso,
lo roen lobos con traje y corbata de lobista.

La Constitución es un mapa desgastado,
donde nadie reconoce ya el territorio.
Le borraron los ríos, movieron las fronteras,
y ahora el sur es norte en este desatino.

Giran las puertas giratorias entre el poder y la gold,
un baile de intereses donde el pueblo es el convidado.
Lo que ayer fue delito, hoy es «vacío legal»,
un tecnicismo gris, un resquicio bien pagado.

La ley ya no es roca, es plastilina en manos
de quien puso en subasta hasta el color del cielo.
Es una selva de códigos donde solo sobrevive
la jauría con mejor asesor caro.

Desde los rascacielos de cristal ahumado,
firmas en letra pequeña cambian el destino.
Mientras, en el callejón, sin ley que lo proteja,
un hombre vende sueños a precio de mendigo.

Y la bandera ondea, grandiosa y desgarrada,
sobre un sueño que fue y que ahora yace en la corte.
Sus barras no son rojas, son heridas abiertas,
y sus estrellas brillan con un frío de muerte.

Pero en el vientre oscuro del metro, late un ritmo,
una verdad que no cabe en los expedientes.
Porque cuando la ley se vuelve contra el pueblo,
la calle escribe sus propias sentencias.

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