Último Round en la Ciudad de Hojalata

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El cielo sobre la ciudad es una herrumbre,
un naufragio de púrpura y hollín.
Los últimos días tienen olor a multitud,
a humo de neumático y pan rancio.
Y en la pantalla gigante de la avenida,
el Tirano sonríe con dientes de whitening.

Su ego es un muro de hormigón y promesas rotas,
una selfie gigante sobre nuestro lodo.
Habla de patria con boca de alcancía,
mientras vende el parque, el aire, el alba fría.
Lleva corbata de seda finamente ajustada,
un nudo ceñido a la garganta de la almohada.

Nos vigila en cada esquina, en cada teléfono,
su logo es una garra sobre el buzón.
Cree que el sol sale por decreto propio,
que la luna es un dron de sus archivos.
En sus discursos, de espuma y de mentira,
la verdad es una grieta que la lluvia limpia.

Pero en las alcantarillas late un ritmo nuevo,
un hip-hop de cadenas que se rompen.
Los grafitis no piden, solo afirman:
«Tu reinado es de sal, y sube la marea».
La juventud no compra su espejismo,
y guarda en los bolsillos puños de primavera.

El Tirano, en su torre, ordena más balas,
pero las balas no pueden matar un suspiro.
Se encierra en su zepelín de datos y cifras,
mientras abajo crece un bosque de miradas fijas.
Su nombre, que ayer era un trueno de acero,
hoy es el sonido de un vidrio que estalla.

Es el último round. La noche es larga,
pero en los cables de luz ya cantan los gallos.
Su imperio de cartón se dobla con el viento.
Y lo que él llama caos,
tiene la forma exacta de un nuevo amanecer.

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