El Anicca del Tráfico y el Cristal

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La luz del día se consume como una batería, y en el display del móvil ya hay una nueva avería. Esta ciudad es un altar a lo efímero, a lo fugaz, un streaming constante donde nada encuentra paz. El carro del año pasado, el edificio de ayer, se vuelven polvo y sombra sin apenas envejecer.

La sabiduría del Este, en su voz de bambú, nos dice: «Todo lo que nace, debe morir. Todo compuesto se deshace.» Mira el neón que parpadea, la publicidad que te seduce, es solo Maya (la ilusión), un espejismo que produce la sed de poseer lo que, por su propia naturaleza, ya está marchitándose, víctima de su propia belleza.

Tus logros, tus deudas, la moda, el último algoritmo, son castillos de arena frente al inmenso abismo. Corres por la avenida, creyendo que la velocidad detendrá el cambio, la inevitable caducidad. Pero el tiempo, como un monje silencioso, sigue caminando, y cada instante, cada like, se está desintegrando.

El gran Buda observó la hoja caer en el bosque, y vio en ese simple acto el destino que a todos nos toca. Aquí, en el loft de cristal, en el café de una sola cosecha, la lección es la misma: la forma nunca es derecha, es curva y volátil, un humo que el viento se lleva.

«Acepta el cambio, y serás libre del sufrimiento.» La ciudad es una gran lección: mira su constante movimiento.

El tráfico avanza, pero cada auto será chatarra; la canción que hoy es éxito, mañana será paja. En el corazón de esta jungla de concreto y metal aprende a amar lo que se va, lo fundamental. No te aferres al plano, ni a la forma, ni al ruido; tu verdadero ser es el cielo vasto, no el pájaro que ha huido.

Sé como el río que cruza la metrópoli, siempre el mismo cauce, pero siempre renovándose. Abraza el Anicca de esta vida urbana sin piedad, y encuentra tu centro en la eterna Imperpermanencia de la ciudad.

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