La urbe no descansa, es un espejo que miente, un eco ensordecedor de lo que debes ser o tener. Caminas rápido, con la espalda tensa y la frente fruncida, persiguiendo un fantasma al atardecer. Tu Mente de Mono salta de un titular a una queja, y el ser que eres, ese núcleo, en silencio se aleja.
Recuerda el antiguo dicho, grabado en la piedra de Oriente: «Antes de la iluminación, cortar leña y cargar agua.» Y después, lo mismo. El reencuentro no es un rayo potente, es la simpleza de aceptar la carga, la verdad más suave. Tu Yo real no se perdió en un callejón oscuro, simplemente lo cubrió el polvo de tu vida, el muro.
Te buscas en la pantalla, en la firma, en el historial, en el frenesí de subir, de mostrar, de ganar. Pero tu Atman (tu esencia), no es material. Está aquí, en el respiro que te olvidas de tomar. Es el espacio entre notas del jazz que suena en el taxi, la quietud que se esconde detrás de la praxis.
El gurú no vive en el Himalaya ni en un templo dorado, se sienta en el banco contigo, donde lo has olvidado. Te dice: «No busques al Buda fuera de ti, está sentado» en el centro de tu pecho, nunca ha estado. El reencuentro es dejar de luchar, bajar la espada del esfuerzo, y reconocer que la verdad no necesita refuerzo.
«El apego es la raíz del sufrimiento,» dijo el Sabio bajo el árbol. Y tú estás apegado a la idea de lo que crees que vale, tu caudal.
Despréndete de la armadura que te diste en este cruel mercado, suelta la máscara de éxito que el mundo te ha prestado. El Satori (despertar instantáneo) llega al abrir el ojo interior, justo cuando el semáforo cambia a rojo. Ese segundo de pausa, sin plan, sin teléfono, sin ruido, allí estás tú, el eterno, el ser que no ha huido.
Vuelve a tu aliento, a tus pies en el cemento frío. El reencuentro es el regreso al ahora, tu único navío. La sabiduría está en sentir la lluvia en la piel, sin juicio, en el simple Yo Soy, sin apellido ni prefijo.



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