El metro ruge, un dragón de hierro y prisa sin piedad,
pero en cada rostro que pasa, busco la luz, la verdad.
El cemento es el mandala que gira, la prueba constante,
donde toda sabiduría antigua se vuelve relevante.
Del Oriente viene el murmullo, sereno y lento:
El Dharma es el camino, el Tao es tu aliento.
Deja que el neón del deseo se apague y se consuma,
pues el Nirvana no es externo, es la paz que tu alma asume.
La ilusión ($Maya$) del mercado te ata con cuerdas de alambre,
pero el maestro Zen sonríe, libre del hambre.
De Anáhuac surge el grito, la voz del corazón Mexica:
Cada día de trabajo es una Guerra Florida y ética.
El ascensor que sube no te da el rango de Guerrero Águila,
lo da el valor de la ofrenda, la honestidad que te habilita.
Convierte tu esfuerzo diario en Flor y Canto, en virtud que florece,
y que el único sacrificio sea el ego que a la luz oscurece.
De los Andes llega la ley, la voz de la Pachamama:
El mundo es un ser vivo que bajo el smartphone te llama.
Busca el Ayni (reciprocidad) en el intercambio más simple y humano,
pues somos un solo cuerpo, la mano que ayuda a la mano.
El edificio es el Apu (montaña sagrada) de cristal y tecnología,
pero la conexión vital es el Kay Pacha y su energía.
Y del Mayab nos llega el número que todo lo une,
el concepto del Cero que en el silencio se reúne.
El tiempo no es lineal, no es la fecha límite de un plan sin fin,
es el ciclo del Tzolkin, que te devuelve a tu origen.
«In Lak’ech» (Yo soy tú), el eco en el canyon de la calle,
la unidad ancestral que hace que el caos no estalle.
Aquí en la urbe, templo global de contradicción y fe,
la sabiduría no es un libro, es el instante que te ves.
El camino es la síntesis, la calma que resiste el motor,
el eterno retorno a ser el Ser en el centro del fragor.



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