El edificio de concreto toca el cielo, frío y vertical. Creemos habitar el Hanan Pacha (Mundo de Arriba) de las finanzas. Pero la voz del Apu (la montaña sagrada), rompe el cristal, recordando que el poder no es la altura, sino las alianzas. El Inca sabía: eres mediador, un puente viviente, entre lo divino de la nube y la semilla paciente.
Aquí, en el Kay Pacha (Mundo de Aquí), la vida de la prisa y el brillo, olvidamos que somos una red, no un fragmento sencillo. La sabiduría es el Ayni (reciprocidad), la ley de la ayuda mutua, un favor devuelto, una mano que se ejecuta. Pero la ciudad nos enseña a ser islas, a competir sin ver, a tomar sin dar, a solo acumular y querer. ¿Dónde está el ayni en el metro, en la pelea por el éxito fugaz? En el respeto simple, en la mirada que te ofrece paz.
Mira el drenaje, el sistema que corre bajo la calle, es el Ukhu Pacha (Mundo Interior) silenciado, que gime y no estalle. Es el reino de la sombra, de lo no nacido, del antepasado. La basura que generamos, el dolor que hemos guardado. El inca miraba las cuevas como vientres de la tierra, un lugar para sembrar el secreto, para acabar la guerra.
«Si cuidas de tu tierra, la tierra cuidará de ti.» La Pachamama no murió, solo se escondió aquí.
Bajo el parque, bajo el estacionamiento, su corazón sigue latiendo. Ella es la red eléctrica, el agua que sigue fluyendo. Honrarla es reciclar el metal, es darle valor a lo simple, es no hacer de cada día un desecho, un acto que lacere. Es entender que el Hanaq, el Kay y el Ukhu Pacha coexisten, que tus sueños, tu trabajo y tu sombra, juntos te asisten.
El Chakana (Cruz Andina) es la escalera de esta urbe sin fin, conecta tu ego moderno con la esencia de tu origen andino. No busques el oro en la cuenta bancaria, ni el poder en el cargo, busca el equilibrio, la armonía, ese legado amargo y largo, que te recuerda: eres parte, no dueño de este gran mundo. Sé el Tawantinsuyu (unidad de cuatro partes) en ti, profundo y fecundo.



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