Suena la alarma: el gong de Huitzilopochtli, el dios del sol.
No es solo un día, es el inicio de la Guerra Florida urbana, sin farol.
El downtown es Tenochtitlan reinventada en acero y vidrio,
donde cada ejecutivo es un guerrero, buscando un sacrificio.
Pero el antiguo código no pide sangre ni conquista de tierras,
pide el florecimiento del alma, la verdad en tus guerras.
El tráfico es la serpiente de obsidiana, Coatl, que nos detiene,
pero el guerrero Mexica sabe: la verdadera batalla no viene
de afuera, del jefe, del competidor que te acosa,
sino de domesticar al coyote interno, la ambición ruidosa.
La Xochiyáoyōtl (Guerra Florida) es el combate más íntimo y sagrado,
donde el arma es tu ética, y el trofeo es tu lado iluminado.
El Guerrero Águila no viste traje caro, ni smartwatch de oro,
viste el coraje de enfrentar su propia sombra, su lloro.
El sacrificio que el cosmos pide no es la vida,
es el ego arrogante, la pereza que te convida.
Cada informe entregado con Tequio (trabajo comunitario),
cada decisión honesta, es un rezo, un sudario
que envuelve la mentira. Quetzalcóatl (la Serpiente Emplumada) espera.
«El único botín valioso es un corazón merecido.»
Susurra el Tlamatini (sabio), sobre el asfalto que has recorrido.
En la oficina, en la fábrica, en el duro chat que te quema,
la Flor y Canto ($In Xochitl In Cuicatl$) es tu único emblema.
No es la victoria sobre el colega, no es el aumento lo que buscas,
es la belleza del esfuerzo, las virtudes que produces.
Hacer de tu labor una ofrenda, un acto de conciencia clara.
Siente el latido de tu pecho, el tambor de tu Téotl (energía divina).
El verdadero triunfo es mantener la flor abierta y limpia,
en medio de esta selva de ladrillo y prisa sin piedad.
La Guerra Florida es conquistar tu propia honestidad.
Termina el día. El sol se va. Has ganado tu batalla más bella:
la de ser tú mismo, sin ceder ante la huella del mundo.



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