Desde el puerto de Sevilla, donde el oro era un torrente, Se alzó la gran Corona, dueña del mapa y de la gente. El Sol no se ponía, decían con prepotencia, Pero el metal traía más plaga que opulencia. La plata del Potosí, brillo que enceguece y marea, Mientras el resto de Europa preparaba ya la pelea.
Hegemonía en papel, pero el gasto era una grieta, Que no se tapaba con fe, ni con una saeta. La riqueza venía, mas no se quedaba anclada, Se iba en guerras santas, en una cruzada pesada. Mientras Madrid festejaba, en Londres ya tramaban, Corsarios astutos que las rutas nos robaban. Francis Drake, aquel diablo, golpeaba en la marea, Y la Armada, ¡qué desastre!, una broma marinera.
El Imperio se hacía viejo, lento y burocrático, Atrapado en su gloria, en un gesto dramático. Se gastó el tesoro en mantener el viejo estatus, En vez de innovar, se quedaron viendo el Atlas. La fuerza se oxidó, la visión se hizo corta, Mientras otros imperios tocaban a la puerta. Holanda y Francia aprendieron la lección del mar, Y España solo supo su propia sombra mirar.
El peso de las colonias, una carga brutal, Y en vez de reformar, todo seguía igual. El grito de independencia, que estalló en Caracas, No fue un rayo fugaz, sino un final sin facas. Fue la ley de la historia, la caída por inercia, Cuando el poder es injusto y no encuentra clemencia. Las perlas de las Indias cayeron de las manos, Dejando un eco hueco entre todos los hispanos.
Ya no había dominio global, solo nostalgia y deuda, Un trono sin reflejo, una túnica de seda. La hegemonía se esfumó como arena en el desierto, Y el orgullo de ayer es solo un recuerdo incierto. Señores, el imperio se perdió por su propia mano, No fue solo un arrebato, fue un final muy temprano.



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