En la colina de mármol y de oro, donde el poder es el único tesoro, se arma un drama con luces de neón, mientras la gente vive sin colchón. En Washington, el show nunca descansa, con cámaras, gritos, y una danza de promesas huecas, de eterno combate, un teatro político que nunca se abate.
El rojo ataca al azul sin piedad, gritando ofensas, pura falsedad. El azul contesta con igual veneno, llenando el feed del espectador pleno. Una pelea de catch que es coreografiada, con la atención del pueblo hipnotizada, mirando el tweet y el escándalo fugaz, olvidando el peso que arrastra detrás.
Y mientras ellos luchan en la tarima, la ley que importa en silencio se arrima. Leyes con letra chica, bien tejida, que hace más gruesa la cuenta ya nutrida. El dinero sube, se va a lo más alto, salvando a Wall Street de cualquier asalto. Los dueños de las torres y los grandes bancos, se ríen de la farsa por los cuatro flancos.
Porque abajo, en el asfalto que se agrieta, el ciudadano común ya no respeta este montaje costoso, esta novela, que solo distrae mientras el sueldo vuela. El precio sube, la salud se esfuma, y el político solo arroja más bruma. Nos tiran migajas de pequeña ayuda, y a cambio piden nuestra alma muda.
Es el Pan y Circo del siglo veintiuno, donde la rabia es un plato oportuno. Que sigas viendo el debate, el pleito sucio, mientras los ricos mueven todo su negocio. Así se perpetúa la vieja costumbre: mantener la llama baja, sin lumbre. Que sigan peleando, que sigan el juego, mientras el bolsillo de ellos sigue luego, llenándose a costa del sudor diario. Solo somos público en su gran escenario.



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