El asfalto quema, la ciudad es el templo. Aquí no hay maná, solo el sudor como ejemplo. Y veo a mi gente, con la Biblia de bolsillo, un código antiguo que le da sabor al chismorreo.
Dicen que es Palabra, luz que nunca miente, pero el Génesis choca con lo que ve mi frente. ¿Un diluvio global que no moja mi zapato? ¿Un Edén perfecto sin un solo contrato? Caminas por la calle, con un ojo bien abierto, y el texto sagrado te deja un pasaje tuerto.
Una página dice «ama», la otra dicta «castigo». Un Dios de la ira, que es también tu mejor amigo. Contradicciones cosidas con hilo de oro viejo, que huelen a incienso y a truco en el espejo.
La fe es el cemento, la duda es la grieta, pero la gente necesita la promesa, la meta. Se aferran al verso, no por la lógica fría, sino por el calor que les da en la noche sombría.
Y ese es su poder, su influencia brutal: no el dato histórico, sino el viaje mental. Convierte al mendigo en rey de su calvario, le pone una cadena de oro al que vive en el barrio.
La Biblia no es solo tinta, es un arma de doble filo: consuelo para el pobre, y para el rico, un estilo. Una ley de amor que autoriza el juicio, un libro gigante que cabe en un prejuicio.
Y en esta jungla gris, donde el sol es un rumor, la gente cree, y la pregunta no es el error. La pregunta es, ¿quién traduce el sermón cuando la verdad es de barrio y el verso es de un faraón?




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