En el cemento gris, donde el beat de la ciudad no cesa, Una luz azul nos guía, una promesa, una sorpresa. Con el móvil en la mano, nuestra fiel extensión, Buscamos el scroll eterno, la efímera conexión. Señores y señoras, bienvenidos al Show del Avatar, Donde el «yo» real se esconde, y el selfie viene a reinar.
Navegamos sin ancla, en un océano de hashtags, De vidas editadas, de paisajes que son flashes. De un ‘me gusta’ dependemos para sentirnos vivos, Coleccionando followers, cual si fueran archivos. El algoritmo es el DJ, que pone el ritmo y la canción, Nos sirve un menú a medida, para nuestra adicción.
Estamos anonadados, en la trampa del cristal, La realidad se hace un filtro, lo genuino es virtual. El vecino no me mira, está viendo una story ajena, La cena se enfría, capturada en una escena. El café con leche espera la pose perfecta, ideal, Antes que darle el primer sorbo, debe ser viral.
Qué paradoja cruel, este universo digital, Con miles de «amigos» cerca, y una soledad brutal. Conocemos el perfil, la bio, el último post de alguien, Pero no su mirada, el gesto, la preocupación que traen. La pantalla es el espejo, que miente con devoción, Y nos roba el instante, la simple observación.
Perdemos la noción del tiempo, y el murmullo de la gente, Enganchados al feed, de forma intermitente. El mundo pasa a nuestro lado, vibrando en otra frecuencia, Mientras buscamos el meme, la última referencia. ¡Despierta, hermano, hermana, que esta no es la verdad! Que el alma no se lootea, ni se logra en cantidad.
Apaguemos la luz un rato, que el glow es de la pantalla, Y volvamos a encontrarnos, antes que todo falle. Que el contacto sea carne, el abrazo sea real, Y que el silencio nos hable, en lugar del ping banal. Que las redes sean herramienta, y no el centro de control, Antes de que el pixel nos robe hasta el último sol.



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