Pero espera un momento, que la rima aún no ha terminado, No todo es oscuridad en este sendero transitado. La red no es la condena, es un lienzo, un gran tablero, Si aprendemos a usarla, y no solo el «mero quiero». Es hora de cambiar el chip, de hacer un alto en el camino, De dejar de ser el peón, y elegir nuestro destino.
El poder de desconectar reside en la mano que toca, En el gesto de guardarlo, cuando la vida convoca. Apagar la vibración y escuchar la propia voz, Diferente al trending topic, que nos dice qué ser y qué atroz. No somos el like, ni el comentario que nos dejan, Somos la historia que vivimos, más allá de lo que tejan.
Usemos el megáfono, no solo para presumir, Sino para alzar la causa, para unir, para construir. Que el mensaje vuele lejos, con propósito y con tino, Y no sea solo el eco de un vacío peregrino. La conexión es bendita si nos acerca al que está lejos, Y nos da una plataforma para mostrar nuevos reflejos.
Despierta del letargo, observa el cielo de verdad, Que el filtro más hermoso es la propia claridad. El café sabe mejor, si el aroma es lo primero, Y el amigo es más amigo, si su oído es el sincero. Que el sol se sienta en la piel, y la brisa en la ventana, Y que el tiempo no se escape por una app tan tirana.
Volvamos a la calle, al encuentro sin pantallas, A la charla cara a cara, sin miedo a las batallas. Que las redes sean un puente, un motor, un gran portal, Pero que el hogar del alma siga siendo lo real. Que la tecnología sirva, no que nos esclavice, Y que cada click sea un paso que fortalece.
Tomemos las riendas, la decisión está en la mano, De ser el dueño del scroll, y no el esclavo de un plano. La vida espera fuera, vibrando con su propio flow, Así que guarda el teléfono y atrévete a decir: «¡Ya no!»



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