La calle grita, el asfalto quema, la ciudad es un poema que no se frena. Aquí, en el barro, la gente va en apuro, contando cada dólar que le da un futuro.
El metro avanza, la tarjeta pasa, la vida escasa nunca da tregua. Vivir al día, esa es la vieja condena, mientras el alquiler nos ahoga en su arena.
La alarma suena antes de que amanezca, la esperanza es lo único que permanezca. Turno doble, el café amargo nos quema, luchando en silencio contra este dilema.
Mirando el cielo desde el bajo escalón, vemos un lujo que nos causa indignación. Ellos no sienten el sudor en su frente, pues la riqueza es ya su pariente.
Y allá arriba, en la esfera azul y pura, donde el lujo es la única armadura, cruza el jet privado, sin tensión ni prisa, el uno por ciento que no sabe de la guisa.
Ellos viajan lejos, sin un solo reproche, mientras el salario nos persigue de noche.
El sueldo es apenas un breve respiro, y la brecha se agranda en cada giro. No hay red de seguro, ni fondo de retiro, solo la cuerda tensa, sin alivio.
La nevera vacía, el futuro incierto, un sueño que muere antes de estar despierto. La sombra del jet es una burla helada, un sistema injusto, una triste jugada.
La misma luna mira, el mismo sol arde, pero unos ven oro y otros ven la tarde.



Deja un comentario