Diciembre en la ciudad no es nieve, es cemento. Es el brillo violento del neón en movimiento. Las guirnaldas de LED cuelgan sin sentimiento, Un telón de fondo para el gran experimento.
El espíritu no baja, se descarga en el mall, Donde cada pasillo es una pasarela global. El aire huele a fritura y a perfume floral, Y el único milagro es el precio final.
Escuchas un beat de reggaetón lejano Mientras la multitud avanza, mano a mano, Cazando el descuento, el objeto pagano, El regalo perfecto que acabará en un desvano.
Las tarjetas de crédito cantan su propio coro, Un clic de la máquina, un sonido de oro. Papá Noel no reparte, él dirige el aforo, Su barba de algodón, su uniforme de foro.
El niño en el metro mira el reflejo en el vidrio, Ve la prisa sin pausa, un frenético delirio. ¿Dónde está el pesebre, la paja, el cilicio? Señor, aquí la fe se compra por vicio.
El centro comercial es la nueva catedral, Las góndolas, altares de consumo brutal. Las etiquetas rojas son la señal De que el amor se mide por el valor material.
Y la música de fondo, el jingle artificial, Repite el mensaje, sutil, pero letal: «Necesitas comprar, tienes que brillar, Para que esta Navidad sea verdaderamente especial.»
Es la dictadura del «tengo que dar», La presión social que te obliga a endeudar. El buzón de quejas no tiene a dónde ir a parar, Porque el lamento es silenciado por la publicidad.
De pronto, un silencio. Un rincón oscuro y frío. Un mendigo observa el desfile vacío. Él no espera juguetes, sino un gesto tardío, Mientras el asfalto traga todo el gentío.
Busco un resquicio, una flama de verdad, Que no esté envuelta en papel de novedad. Pero solo encuentro prisa, ruido, vanidad, Y la caja registradora gritando la única verdad:
La Navidad ya no es un cuento de cuna, Es la temporada alta para hacer fortuna. Y el villancico moderno, bajo la luna de bruma, Es el ring constante de cada compra que suma.


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