El cielo no avisa, el radar nunca miente,cae el fuego del norte sobre el barrio inocente.No hubo amenaza, ni un grito, ni un gesto,solo el hambre de un imperio que ha puesto su dedo en el mapa, su bota en el cuello,borrando la paz con un frío sello.Dicen que hay tratados, papeles firmados,pero el papel no aguanta los tanques pesados.Son letras muertas en salas de mármol,mientras el plomo marchita hasta el árbol.Invasión con corbata, agresión de etiqueta,la paz es un lujo que no entra en la dieta.Desde tiempos antiguos el guion es el mismo:empujar al pequeño hacia el cruel abismo.Sin haber provocado, sin ser amenaza,el lobo se mete directo en la casa.Ignoran las leyes, se ríen del pacto,el derecho internacional se rompe al contacto.El asfalto recuerda la sangre vertida,la historia es la herida que no está cosida.¿De qué sirve el foro? ¿De qué sirve el grito?Si el poderoso escribe su propio veredicto.Bombas que llueven, silencio sepulcral,la ley del más fuerte es la ley general.Es el cuento de nunca acabar, el eterno retorno,donde el mundo observa desde su cómodo entorno.Mientras el barrio arde y el tratado se quema,la invasión se convierte en el pan del sistema.Este poema busca capturar esa frustración de ver cómo la fuerza bruta a menudo ignora los compromisos de paz.

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