El pueblo camina con miedo en la espalda,
la voz amarrada, la rabia encallada.
Dictadores con trajes, manos de hierro,
callan con balas, gobiernan con miedo.
Las plazas vacías, la prensa silente,
todo lo justo termina ausente.
El pan está caro, la calle caliente,
pero al que protesta lo llaman “delincuente”.
La bandera manchada de mentiras viejas,
promesas que suenan como cadenas.
Un pueblo cansado, de puños cerrados,
sueña con días que no le han llegado.
El dictador ríe desde su palacio,
con puños de oro y pueblo en espacio.
Pero la historia no olvida el abuso,
y el grito del pueblo nunca está difuso.
Porque aunque disparen, aunque repriman,
la verdad resiste, la lucha se afila.
Y tarde o temprano, cae el tirano…
porque un pueblo despierto no muere en vano.



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