Tacones que suenan como metrónomo callejero,
mirada de fuego, corazón sincero.
Ella camina bajo luces rotas,
vendiendo caricias, guardando derrotas.
La llaman «pecado», la juzgan al paso,
pero no conocen su largo fracaso.
Fue madre, fue niña, fue beso en domingo,
hoy es sólo un cuerpo que el frío distingue.
Se pinta los labios como armadura,
y sale a la guerra sin cobertura.
La esquina es su altar, el viento su juez,
cada noche un precio, cada noche un revés.
Los hombres la buscan, luego la olvidan,
ella sólo quiere llegar viva.
Sueña en silencio con días distintos,
donde su nombre no suene a delito.
Pero mientras tanto, sobre el asfalto,
vende lo poco que no le han quitado.
Y aunque el mundo la mire de forma incompleta,
ella es poema…
con piel de etiqueta.




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