Las luces de la campaña encienden el asfalto,

vuelve el desfile de trajes, la voz en el megáfono más alto.

Cada cuatro años se repite la misma coreografía,

vendedores de humo recitando una falsa profecía.

Llegan al barrio con la sonrisa ensayada,

prometiendo un futuro que se esfuma en la madrugada.

Hablan de cambios, de progreso, de un mañana brillante,

mientras la suela del vecino se desgasta a cada instante.

«Más empleo, más escuelas, seguridad en cada esquina»,

pero el eco de sus frases solo rima con la ruina.

Se toman la foto abrazando la pobreza,

y al subir al auto blindado, se les olvida la promesa.

Pasan las urnas, se apagan los carteles,

y el barrio vuelve a la realidad de sus papeles.

Las promesas se archivan en un despacho elegante,

mientras en la calle el aire es cada vez más asfixiante.

El transporte sigue lento, el hospital sigue sin camilla,

y la inflación se come el plato que se sirve en la mesa sencilla.

Las cosas no cambian, van de mal en peor,

la esperanza se oxida bajo el sol del cobrador.

La grieta se agranda entre el discurso y la vereda,

donde la gente sobrevive con la poca fe que le queda.

No hay asfalto que tape la falta de verdad,

ni campaña que maquille el dolor de la ciudad.

El político se marcha con su botín de ilusiones,

y en la esquina queda el hambre, esquivando las elecciones.

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