Desde el barro de imperios y la arena del ayer,
siempre hubo algún profeta diciendo qué creer.
Con corona o con túnica, con espada o con ley,
vendían cielo en cuotas mientras reinaba el rey.
Le dijeron al pobre: «Tu premio está después»,
mientras otros contaban montañas de interés.
Le dijeron al pueblo: «No preguntes por qué»,
y el silencio fue un trono más fuerte que la fe.
En templos de mármol, de oro y de papel,
escribieron cadenas con tinta y con pincel.
No importaba el idioma ni el nombre del lugar,
siempre había algún dogma dispuesto a gobernar.
Unos miraban estrellas buscando libertad,
otros vendían respuestas con falsa autoridad.
Y el miedo fue el verdugo vestido de verdad,
cobrando la obediencia como necesidad.
Pasaron las edades, cambió la religión,
pero el viejo negocio encontró renovación.
Nuevos rostros, nuevos credos, nueva decoración,
pero el mismo arquitecto detrás de la prisión.
Sin embargo en la calle nació otra canción,
la del hombre que despierta de la programación.
La del joven que pregunta sin pedir aprobación,
la del libre pensamiento rompiendo la prisión.
Porque la mente no nació para vivir de rodillas,
ni para besar cadenas disfrazadas de maravillas.
La verdad no necesita guardianes ni capillas,
ni ejércitos de miedo vigilando las orillas.
Y así camina la historia, entre sombras y fulgor,
entre quienes venden dogmas y quienes buscan valor.
Pues ningún libro encierra todo el fuego creador,
y ninguna jaula eterna puede encerrar al pensador.
Que cada cual encuentre su sendero y su visión,
sin amos de la conciencia ni dueños de la razón.
Porque el alma cuando piensa derrumba la opresión,
y convierte cada muro en una nueva rebelión.
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